Amor fructífero

Sermón 2/17/19

Posted by St. Athanasius at the Cathedral Center on Sunday, February 17, 2019

021719 Epifanía 6c

Jeremías 17: 5-10; Lucas 6: 17-26

      Ha habido muchos momentos en la historia cuando el miedo ha sido usado para manipular a la gente a hacer cosas locas y peligrosas. Estamos viviendo en uno de ellos. Las Escrituras de hoy se dirigen tanto a líderes como al pueblo en tales momentos. Nos serviría escucharlas bien.

Los pasajes de hoy están llenas de bendiciones y maldiciones. Jeremías comienza con maldiciones. Jesús y el salmista comienzan con bendiciones. Pero todos bendicen y maldicen. Siempre es tentador deleitarse imaginando las maldiciones aplicadas a aquellos que no nos caen bien. Jeremías dice: Malditos son los que confían en los simples mortales y hacen de la carne su fuerza, cuyos corazones se apartan del Señor. Serán como un arbusto en el desierto, y no verán cuando llegue el alivio. Vivirán en los lugares secos del desierto, en una tierra de sal deshabitada. A lo mejor quisiéramos aplicar eso a los funcionarios electos que abusan de su poder al rechazar el balance de poder para lograr sus objetivos políticos. Pero por más tentador que sea, primero debemos mirarnos a nosotros mismos y por qué las personas actúan así.

La imagen que Jeremías usa del árbol verde y el arbusto seco muestra que las personas responden a la forma en que les tratan; o les hace confiar en la vida o temerla. Miremos cómo funciona esto en la forma en que los niños son criados. Una madre, que también es pastora, reflexionó sobre esto a la luz del texto de Jeremías. Cuando los niños crecen en un hogar donde los padres en un momento satisfacen sus necesidades básicas y luego las descuidan, siempre están caminando sobre cáscaras de huevo, con las antenas en el aire, tratando de detectar qué padre se presentará esa noche: el que los cuida o al que no los cuide, la que los menosprecia o la que los apapacha, ahogándolos con amabilidad como compensación por los abusos pasados. Los niños en tales familias a menudo están dispuestos a asumir cualquier papel: el perfeccionista, la que agrada, el payaso, la mascota, o el chivo expiatorio, para desviar las tensiones en la familia y evitar que la paz frágil se rompa … Saben que no deben desobedecer las reglas de la familia: no sientas, no confíes, no cuentes. Con el tiempo, se vuelven como esas personas malditas descritas por el profeta Jeremías, personas que ni siquiera pueden “ver cuándo llega el alivio”. Decepcionados, jaloneados una y otra vez cuando se atreven a esperar que las cosas realmente cambien, a menudo reaccionan al alivio, a la ayuda o a un nuevo comienzo en una de dos maneras: “No lo merezco” o “No puede ser real.(“Arbustos y matorrales,” Phyllis Kersten Christian Century 2001)

Al leer las duras palabras de Jeremías, ayuda recordar eso: que todos nosotros- líderes y seguidores – crecimos en hogares donde aprendimos tanto la confianza como el temor. Jeremías se dirige a todas las personas en Judá en el momento de su caída. El país se situó entre dos superpotencias: Egipto y Babilonia. Durante décadas, los reyes de Judá vacilaron entre las alianzas con Babilonia y Egipto – cualquier nación que les ofreciera más seguridad.

Las palabras de Jeremías a los líderes de Judá son duras: malditos son los que confían en mortales, porque las consecuencias de sus políticas impulsadas por el miedo estaban destruyendo al pueblo. Instó al pueblo a desconfiar de las autoridades que no defendían la Causa de Dios (a ponerse del lado de los débiles); y al contrario tomaron la causa de los poderosos. Jeremías declara juicio sobre esos líderes porque sus acciones determinan si la gente vivía confiada o temerosa, si las naciones son hierbas en el desierto o árboles plantados por el agua. Sus palabras adviertan al pueblo a no confiar ciegamente en sus líderes porque las consecuencias de vivir con miedo son graves.

A lo largo de los años yo he aprendido la diferencia entre la intención y el impacto de mis acciones. Cuando entro en un salón como un hombre blanco nacido en los EE. UU. con cierto origen social, mi presencia ya tiene un impacto que no tiene nada que ver con mis intenciones. Llevo toda una historia de expectativas simplemente entrando en el salón. El amor fructífero me obliga a enfrentar esos impactos. No puedo esconderme detrás de buenas intenciones. El Evangelio lo hace aún más claro. Parte del poder de las bienaventuranzas de Lucas es que hablan al nivel de impacto. La versión de Mateo trata sobre las actitudes: pobres de espíritu, mansos, hambrientos y sedientos de justicia. En Lucas Jesús habla de la posición social: pobre, hambriento, llorando, excluido. Lucas tiene a Jesús de pie en un lugar nivelado con gente que había venido a escucharlo y curarse de enfermedades. Mateo lo tiene en una montaña como Moisés.

Hay menos bienaventuranzas en Lucas, y son más cortas que las de Mateo. Y son más irritantes, a menos que seas pobre, hambriento y lloroso. Incluso en esos casos, es difícil creer que estás bienaventurado bajo esas condiciones simplemente porque las cosas pueden mejorar. Por siglos, la iglesia en América Latina les dijo a los pobres lo bendecidos que eran porque serían ricos en el otro mundo, mientras que los sacerdotes y los obispos se acercaban a los gobernantes e intercambiaban riquezas por bendiciones. La iglesia nunca será pobre mientras venda sus bendiciones al que ofrece más. El mensaje de Jesús es que las bendiciones ya pertenecen al que solo puede ofrecer menos.

Pero, ¿es eso realmente una buena noticia? ¿No preferirían los pobres las riquezas a la supuesta bendición de su pobreza? Solo los que viven la pobreza pueden contestar esas preguntas. Un escritor (Richard Swanson, provocando el evangelio de Luke, p. 107) contó sobre una amiga que estaba sufriendo una muerte dolorosa por cáncer. Un día, después de que se le había caído el pelo, después de que hubiera alguna esperanza de una remisión, levantó la vista y dijo: “Sabes, morir es probablemente lo mejor que me ha pasado”. El escritor dijo: “No tengo ni idea de lo que ella quiso decir.” Y conectó su comentario con las palabras de Luke: “Si pronuncias bendición sobre la pobreza y el hambre con una Big Mac en tu aliento, es un insulto increíble. Si la dices desde un lugar de pobreza y hambre, mas vale que todos recuerden que no tienen la menor idea de lo que estás hablando”.

Mucha gente busca la felicidad como una fantasía que anhela pero no cree que realmente pueda tener. En las bienaventuranzas, Jesús ofrece un camino accesible, si no muy atractivo, hacia la felicidad que puede incluir a todos, sin importar con qué realidad comiencen. Quienes vivan con la fantasía de que la riqueza, la plenitud y la risa son manifestaciones de la felicidad y tratan de hacerlos permanentes, se sorprenderán. Los seguidores de Jesús deberían al menos tratar de ayudar a la gente a enfrentar la realidad, al mismo tiempo que ofrecen apoyo, alimento y sanidad para sus luchas.

Desafortunadamente, la iglesia no ha hecho buen trabajo con esto. Cuando predica la teología de la prosperidad confirma la fantasía. Cuando trata de hacer que la realidad parezca menos dolorosa usando las bienaventuranzas de Mateo para espiritualizar la pobreza, elimina la urgencia de su misión. Tristemente la iglesia ha hecho un trabajo tan completo de espiritualizar las palabras de Jesús que las autoridades usan ese argumento para mantener a la iglesia en su lugar cuando intenta decir algo sobre la justicia en el mundo real. Irónicamente, el impacto de nuestras acciones ha sido aumentar el miedo en lugar de la confianza. Está muy claro en estos momentos que el miedo está debilitando el tejido social de nuestro país más que los terroristas o la economía.

Es por eso que las personas que creen en la sabiduría de Jeremías y de Jesús deben pronunciar tanto bendiciones como maldiciones. Las palabras de Jeremías suenan más a lo que la gente religiosa espera: “Malditos sean los que confían en simples mortales … benditos sean los que confían en el Señor”. Las de Jesús no son nada como esperamos: “Bienaventurados ustedes los pobres, hambrientos, que lloran y excluido … ¡ay de ustedes que son ricos, plenos, que se ríen y son respetados!” Es como si Jesús estuviera diciendo: Bienaventurados ustedes que padecen cáncer porque serán sanados” o “ustedes cuyas oraciones no son respondidas porque verán a Dios cara a cara”. A muy pocos de nosotros nos gustaría eso, incluso si solo deseamos ser sanados y recibir respuestas a nuestras oraciones.

Nos sentimos incómodos con las maldiciones. Pensamos que Dios debería ser más positivo. Pero a veces para que el amor sea fructífero, tenemos que decir lo que no creemos también. La Confesión de Barmen fue una valiente declaración de la Iglesia confesora alemana de que no estaban dispuestos a adaptarse a la cultura alemana bajo el régimen nazi como lo había hecho la Iglesia del Estado. Declara que llega un momento en que la iglesia no puede aceptar lo que está haciendo el gobierno sin oponerse. La declaración incluye una serie de verdades evangélicas, cada una de las cuales consta de una afirmación y un rechazo. Aquí hay un ejemplo:

La Iglesia cristiana tiene que testificar en un mundo pecaminoso que es propiedad exclusiva de Cristo y que vive y quiere vivir únicamente desde el consuelo y la dirección de Cristo en la expectativa de la aparición de Cristo. Rechazamos la falsa doctrina de que a la Iglesia se le permite abandonar la forma de su mensaje y orden para su propio placer o para los cambios en las convicciones ideológicas y políticas prevalecientes.

Jesús creía tan profundamente en la importancia de la confianza que estaba dispuesto a llamar bendito a lo que la mayoría llamaba maldito, y a maldecir a lo que la mayoría llamaba bendecido. ¡Sabía la diferencia que hace cuando uno confía en alguien que atiende fielmente sus necesidades! Su crecimiento no se atrofia. Sobrevive en temporadas de sequía y de altas temperaturas y porque sus raíces se hunden profundamente y beben del manantial subterráneo que las refresca y renueva. Ese es el impacto del amor fructífero. El amor fructífero es un don de Dios. No podemos crearlo nosotros mismos. Lo que si podemos hacer es permanecer plantados cerca del corazón de Dios. Entonces, pase lo que pase, podemos ser sacudidos, pero no seremos movidos.