Demorando la Gratificación para salvar futuras generaciones

Sermón 8/11/19 Demorando la Gratificación por Futuras Generaciones

Posted by St. Athanasius at the Cathedral Center on Sunday, August 11, 2019

081119 Pentecostés 12 

 

Isaías 1: 1, 10-20; Hebreos 11: 1-3, 8-16; Lucas 12: 32-40

 

El pasaje de hoy de Hebreos cataloga los actos de fe de algunos héroes de la historia de Israel. Al final de la lista, el escritor dice: Todos murieron en fe sin haber recibido las promesas, pero a la distancia las vieron y las saludaron. Confesaron ser extranjeros en la tierra, ya que las personas que hablan así dejan en claro que están buscando una patria, un país mejor. Por lo tanto, Dios no se avergüenza de ser llamado su Dios; y ha preparado una ciudad para ellos. Estados Unidos se ha convertido en una nación de personas que no buscan una patria mejor. Exige gratificación instantánea por todo, desde alimentarse hasta sanar sus adicciones. Nos ayudaría tener a algunas personas como los que describe Hebreos: gente madura, cuya fe comprende que una sola generación no puede lograr todo, pero sí puede contribuir su parte a futuras generaciones. Ellos invierten en proyectos que no se evalúan por las ganancias de corto plazo, sino por el impacto en una generación futura: ¿cómo se van a beneficiar de estos proyectos nuestros hijos e hijas y los hijos e hijas de ellos? ¿Para qué cambios hay que trabajar en la vida pública? ¿Cómo se forman y transforman las instituciones que servirán en el futuro?

La próxima semana leeremos, todos estos no recibieron lo prometido, ya que Dios había provisto algo mejor para que, aparte de nosotros, no se hicieran perfectos. ¡No podrían hacerlo sin nosotros! Se necesita más de una sola generación para salvar o destruir el mundo. No se puede terminar el trabajo en una generación. Si sabemos eso vamos a trabajar diferente. Los gobiernos no van a tomar medidas que solo sirvan para ser reelegidos, mientras que a sabiendas perjudican a las generaciones futuras. Ninguno de nosotros puede dedicar nuestras vidas a tareas cuyo impacto morirá cuando nosotros morimos. La catedral de la Sagrada Familia en Barcelona, ​​aún sin terminar, es un testimonio de ello. Si Antoni Gaudí, el arquitecto, hubiera creído que su proyecto debía terminarse en una generación, nunca habría empezado a construirla en 1882. Casi 140 años después, la construcción sigue.

Cada generación elige una trayectoria: pueden salvar o destruir. Nuestros líderes están eligiendo destruir precisamente cuando las generaciones futuras más necesitan que las salvemos. Yo estaba furioso y agradecido la semana pasada cuando me dijeron que mi nieto de cinco años había participado en un drill de tirador activo en su primera semana en el kinder. Es solo un síntoma de nuestra trayectoria destructiva. Israel en el tiempo de Isaías también eligió la destrucción. Isaías dijo que sus manos están llenas de sangre. Ah, pero eso no significa que hubieran perdido su religión; la religión prosperaba: ofrecían sacrificios constantes, se reunían regularmente para servicios religiosos, y hacían muchas oraciones. Significa que habían perdido su moralidad: pisotearon los tribunales, permitieron el derramamiento de sangre e ignoraron el mal. ¿Suena familiar? ¿No es lo que estamos viviendo? Isaías y el salmista dijeron que Dios ya no soportaba tal maldad. Isaías quería avergonzar a los líderes de Israel al llamarlos gobernantes de Sodoma y pueblo de Gomorra. El salmista dice: Dios no guardará silencio … llamará a los cielos y a la tierra desde arriba para presenciar el juicio del pueblo. La semana pasada Uruguay, Venezuela y Japón advirtieron a sus pueblos contra viajar a los Estados Unidos después de dos tiroteos masivos consecutivos. Parece que algunas naciones que nuestros líderes tratan como Sodoma y Gomorra están comenzando a juzgarnos.

Una de mis favoritas canciones hace unos años fue, Jesús es un verbo, no un sustantivo, de Ricardo Arjona. La canción expresa una verdad importante sobre Jesús. Unas líneas dicen: Jesús quiere que actuemos, no que hablemos … Jesús convirtió todos sus sermones en hechos. Lo mismo podría decirse de la fe. A menudo, la fe se usa como un sustantivo, para describir un cuerpo de doctrina, un conjunto de creencias, un dogma oficial. Los que se adhieren a la fe se llaman fieles. Los que no se llaman herejes. Los que definen la fe de esta manera tienden a preocuparse más por la ortodoxia religiosa y el sacrificio que por hacer justicia. Isaías deja en claro lo que Dios piensa de ellos: mi alma odia sus fiestas designadas; se han convertido en una carga para mí, estoy cansado de soportarlas. Cuando extiendas tus manos, esconderé mis ojos; aunque hagan muchas oraciones, no les escucharé; sus manos están llenas de sangre.

Al igual que Jesús, la fe es un verbo: una forma de vida caracterizada por el riesgo y la confianza; la fe crece y expande. Los que viven la fe como verbo se llaman testigos. Los que no la viven se llaman temerosos. En el Evangelio de hoy, Jesús llama a los testigos mi pequeño rebaño. La fuerza del “pequeño rebaño” es su voluntad de vivir su fe, no como un asentimiento intelectual a afirmaciones teológicas o una lista de proposiciones dogmáticas, sino como una forma de seguir a Jesús donde quiera que el Buen Pastor lo guíe. El Libro de Hebreos recuerda a los lectores sobre aquellos que han sido parte del pequeño rebaño en la historia del pueblo de Dios; gente como Abraham y Sarah. La lectura salta sobre Abel, Enoc, Noé, Moisés, Miriam, Josué y Rahab, pero debemos escucharlos también. Noé se expusó al ridículo mientras construía un arca en el desierto. Rahab, la prostituta, recibió a los espías en paz en Jericó. Moisés eligió sus raíces hebreas sobre sus derechos en la casa del faraón. Sarah luchó para creer que vería el cumplimiento de la promesa de Dios de multiplicar su semilla hasta que tuviera tanta descendencia como las estrellas del cielo.

Jesús arraiga este tipo de fe en saber que es un placer para Dios darnos el Reino. Sigo insistiendo en que nuestra fe se basa en saber que en el centro del Universo está el amor y la aceptación. Ese es el placer de Dios. Es lo que conocían los héroes de la fe. La semana pasada asistí al funeral de la hermana Pat Krommer, una monja católica que encarnaba esta cualidad. Cuando me enteré de que murió el mes pasado, escribí las siguientes palabras: la hermana Pat es una de las mujeres más fieles que he conocido. Su fe llenó cada rincón de su vida, desde la forma en que trataba a las personas hasta su voz profética sobre la justicia. Siempre sentí que solo prestaba atención a mí cuando yo estaba en su presencia. Ese es un gran regalo. Ella era una amante por excelencia. Su legado es fuerte y continuará impactando al mundo a medida que transita a otro modo de vida. Todos los que asistieron en su funeral dijeron lo mismo. El predicador dijo que la Hermana Pat siempre le decía qué buen trabajo había hecho, incluso después de predicar un sermón que él sabía que era terrible. Pat vivió su fe y capacitó a otros a vivir la suya al afirmar su bondad y su buen placer con ellos.

Amigos, las personas de fe siempre han vivido al margen de los grupos dominantes. Se atreven a cuestionar la situación cuando todos están perdidos y todavía no se dan cuenta. Son profetas que anuncian futuras consecuencias para las acciones de ahora. Están vestidos para la acción y tienen sus lámparas encendidas mientras todos los demás se divierten mientras el maestro está fuera. No saben cuándo vendrán las consecuencias, pero saben que vendrán, y viven y trabajan hoy para el bienestar de futuras generaciones. Tienen la capacidad de morar en el margen porque sus vidas son arraigadas en el amor, en el placer de Dios. Saben que Dios les dará el reino. Dicen con Isaías: Háganse limpios; dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien; busquen la justicia, rescaten a los oprimidos, defiendan a los huérfanos, aboguen por la viuda. Vengan, razonemos juntos: aunque sus pecados sean como escarlata, serán como nieve. Si están dispuestos y obedientes, comerán el bien de la tierra; pero si se niegan y se rebelan, serán devorados por la espada. Le da placer a Dios darnos el Reino. Vivamos de tal manera que nos dé gusto recibirlo y entrar en ello. Amén.