Domingo de la Trinidad Encuentros con el Amor Santo

053021 Domingo de la Trinidad Encuentros con el Amor Santo

El servicio empieza en el minuto 2:25 y el sermón en 19:20 del video

Isaías 6:1-6; Juan 3:1-17

 

El domingo pasado, hablé de cómo el Espíritu expone nuestras falsas creencias sobre el pecado, la rectitud y el juicio. Pero mi propia vida me enseña que simplemente aprender sobre estos errores al nivel intelectual no produce cambios permanentes en la vida. Hoy quiero hablar al nivel del corazón, porque allí es donde la transformación a la verdad liberadora y el amor sucede. Mucha gente en las iglesias ofrece ayudar porque siente obligada. Pero cuando uno no ha sentido el amor de Dios al nivel del corazón, su compromiso se flaquea, porque no se sostiene desde lo profundo de su ser. Esa persona necesita un encuentro con el amor santo.

La primera lectura dice que en el año en que murió el rey Uzías, Isaías tuvo un encuentro con el amor santo. Dios estaba sentado en un trono, rodeado de serafines que clamaron: Santo, santo, santo es el Señor de los Ejércitos; toda la tierra está llena de la gloria de Dios. Luego, en lo que el Evangelio llama el año favorable del Señor, Nicodemo tuvo un encuentro con el misterio del amor santo de Jesús: lo que nace del Espíritu es espíritu; tiene que nacer de nuevo. 

    Estas fueron experiencias fundamentales para Isaías y Nicodemo. Tuvieron la sensación de estar en presencia de algo vasto que trascendía su comprensión del mundo – el tipo de encuentro que nos permite convertirnos en instrumentos de amor y liberación. Esos encuentros abren grietas en nuestros corazones donde la luz puede entrar; pero a un costo. Cada vez que alguien tiene un encuentro con el amor santo, se da cuenta de su culpa e insuficiencia. No es Dios quien envía ese mensaje; es la conciencia. Pero lo sentimos, muchas veces queremos decirle a la fuente del amor santo que se vaya.

Isaías dijo: ¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros entre un pueblo de labios impuros. Cuando el Serafín tocó su boca con la brasa de perdón, Isaías se abrió para recibir el amor santo; pudo oír el llamado de Dios, y respondió: Heme aquí; ¡envíame a mí! Juan no nos dice cómo respondió Nicodemo; pero la última palabra que leímos de aquel que empezó su entrevista con Jesús diciendo: Sabemos fue: ¿Cómo pueden ser estas cosas? Jesús se burló de él al preguntarle ¿Eres un maestro de Israel y no entiendes? El corazón de Nicodemo se estaba abriendo; su cerebro se descendía al corazón. Al igual que Isaías, se enfrentó a su insuficiencia y permitió que el asombro entrara.

     Así que, la primera respuesta al encuentro con el amor santo muchas veces es sentir la culpa e insuficiencia, y alejarnos. Si no recibimos aseguranza del amor en la misma profundidad que nos sentimos condenados por el pecado, seguiremos alejándonos. La religión moralista no penetra lo suficiente como para tocar esa herida. Sólo cuando somos seducidos por el amor de Dios, dejamos de huir, aun cuando nos incomoda. En la presencia del amor santo que pone la vida en perspectiva, es imposible no ver nuestra culpa e indignidad. Pero, desde ese lugar, la única respuesta razonable es ofrecer nuestro mejor yo y decir, Heme aquí, envíame a mí. Se vuelve imposible no ofrecernos para servir la agenda de Dios.

     Mucha religión tóxica proviene de personas que saben la agenda de Dios al nivel intelectual pero nunca han tenido un encuentro con el amor santo. Han aprendido el contenido de la religión, pero no el corazón. No se puede ser agente del amor y la liberación de Dios a menos que uno se queda conectado con el encuentro con lo santo. 

     En este Memorial Day, cuando se acuerdan de los caídos en la guerra, hay que enfrentar el pecado y la insuficiencia de la guerra como respuesta al conflicto. Pero a la vez, debemos dejar que nuestros corazones se abran en amor por los soldados que dieron su vida de la mejor manera que sabían para resolver esos conflictos. 

     La vida y la enseñanza de un gran pensador cuáquero, Rufus Jones, muestra cómo funciona eso. En 1927, él escribió: Las naciones no son matones. Son cuerpos de gente inteligente. Sus causas, cargos, y reclamos, pueden ser justos o injustos. Casi nunca llevarían sus reclamos, causas y cargos a un tema extremo si fueran recibidos con bondad, inteligencia y sabiduría por la nación con la que están en disputa. En cualquier caso, los combates no aclararán si los reclamos eran justos o injustos. Sólo resolverá cuál nación puede movilizarse y manejar mejor sus fuerzas de combate y sus fuerzas económicas.  

Rufus Jones no aprendió eso en la escuela como algo intelectual. Lo aprendió de su madre. Contó un incidente de la niñez que le abrió el corazón a esa verdad. Un día sus padres le dijeron que se quedara en casa para sacar las malas hierbas del huerto del nabo mientras ellos fueron a un evento. Acababa de empezar a trabajar, cuando unos amigos se acercaron y lo persuadieron ir a pescar con ellos, prometiendo ayudarlo a limpiar el jardín cuando regresaran. Pero perdieron la noción del tiempo, así que fue de noche cuando Rufus regresó a casa. 

    Su madre lo estaba esperando. En silencio, ella lo llevó a su habitación. Él sabía lo que merecía, así que no puso excusas. Estaba seguro de que su madre le daría un gran castigo; pero no. Dice: mi madre me puso en una silla, se arrodilló, me puso las manos encima y le contó a Dios todo sobre mí. Interpretó su sueño de lo que iba a ser mi vida. Le presentó al niño y al hombre de sus esperanzas. Le dijo a Dios lo que siempre había esperado que fuera y luego cómo había decepcionado su esperanza. ‘Oh Dios, toma a este chico mío y conviértelo en el niño y el hombre que tú lo has diseñado para ser.’ Se inclinó, me besó, y salió; y me dejó solo en el silencio con Dios.

Por muy atractivo que debió ser para ese niño haber evitado el castigo, quedarse solo en silencio con Dios lo obligó a hacer una obra difícil y poderosa. Señala ese momento como su encuentro con el amor santo, un punto de inflexión en su jornada espiritual, cuando su corazón se abrió para dejar entrar la luz. No necesitaba que su madre le dijera lo equivocado que estaba y le diera un castigo para que lo recordara. Él ya sabía su error. Al igual que esa madre, la fe bíblica no presenta a un Dios que constantemente señala nuestra culpa e insuficiencia; y tampoco alienta a los líderes religiosos a señalarlo en nombre de Dios. 

     La guerra es algo vasto que trasciende la comprensión del mundo, y que merece, y debe evocar, la reflexión. El 6 de enero también. Pero después de la votación del viernes pasado, no va a ser fácil que esta nación haga esa reflexión. Pero podemos, y debemos, hacerlo de todos modos. Aun con toda la propaganda con la que nos bombardean, debemos reconocer el pecado y la insuficiencia que nos rodea, tanto a nosotros mismos como a nuestros semejantes; no porque alguien nos lo enseñe; sino porque nosotros mismos lo reconocemos. El amor santo llega a ese espacio autorreflexivo, y nos habla desde el futuro: ¿A quién enviaré? Tienes que nacer de nuevo. Toma a este chico mío y conviértelo en el niño y el hombre que tú lo has diseñado para ser.

Recuerden: los momentos que dan la sensación de estar en presencia de algo vasto que trasciende nuestra comprensión del mundo puede ser positivo o negativo. Actualmente, nuestro mundo está viviendo múltiples eventos así. Fuimos testigos de otro tiroteo masivo en Santa Clara esta semana. En el aniversario del asesinato de George Floyd, la policía sigue matando a negros en la misma medida. El Senado votó NO a formar una comisión para examinar la insurrección del 6 de enero.

     San Atanasio está viviendo su propio momento de generar asombro. La semana pasada, nos despedimos de Ramiro; la diócesis  aprobó nuestro estatus como una congregación de misión. Nos enteramos de que se van los coreanos, que han formado parte de esta congregación durante casi 30 años. Cada uno de nosotros también está viviendo momentos que generan asombro en nuestras propias vidas. Soy testigo de eso.

     Tal vez queramos ignorar estos momentos. Pero sólo nos transformarán, y conducirán a un cambio duradero, si nos exponemos al amor santo en un nivel tan profundo que podamos mirarlos y enfrentar tanto el dolor como las posibilidades que poseen. Nunca perseveraremos en nuestros compromisos sin estos encuentros. Lo único que tenemos que hacer es estar abiertos a ellos. Dios es el que nos encuentra y nos ama.