Enfrentarse al Demonio del Racismo

013121 Epifanía 4 

El sermón empieza en el minuto 16:40 del video

Deut. 18:15-20; I Cor. 8:1-13; Marcos 1:21-28

 

El pasaje que acabamos de escuchar cuenta una historia que tiene dos temas: la autoridad de Jesús y la posesión demoniaca de un hombre. La forma en que Marcos entrelaza esos dos temas muestra que Jesús está lidiando con algo más que el problema de un solo individuo. En su Evangelio, Marcos quería confrontar al sistema religioso en Palestina, que oprimía y esclavizaba al pueblo. Esta historia, y todo su evangelio, revela que la enseñanza de los líderes religiosos era como una posesión demoniaca de la sociedad entera. ¡Hacía falta un acto de liberación, y Jesús lo realizó! 

      ¿Qué sistema está oprimiendo a la gente en nuestra época? Creo que la mejor respuesta es el sistema del racismo. El racismo ahora se llama por un nombre más preciso: la supremacía blanca. Desde la matanza de George Floyd, los medios de comunicación han estado dando el micrófono a más voces de color. Esas voces están enseñando a la nación que el racismo es la mejor explicación de demasiados acontecimientos en nuestra sociedad. Por un lado, es una buena noticia que estemos oyendo más voces de color. Pero en medio de profundas divisiones en este país, la pregunta es cómo seguidores de Jesús podemos abordar el demonio del racismo más eficazmente para traer la liberación.

La combinación de los textos que leímos hoy plantea inquietudes adicionales sobre cómo respondemos a esa pregunta. Dios nos llama a la justicia y a la reconciliación. Tenemos que tomar en cuenta esas inquietudes si vamos a lograr las dos cosas. El libro de Deuteronomio nos dice que no todos los que hablan en el nombre de Dios hablan por Dios. El criterio para determinar su autoridad es si sus palabras se vuelvan realidad. Es un criterio obvio, pero no todo el mundo lo está aplicando hoy en día. Guillermo Maldonado, el pastor de una megaiglesia en Miami, aconsejó a su congregación que no recibiera la vacuna contra el COVID-19, alentándolos a creer más bien en la inmunidad divina. Anunció que la vacuna altera el ADN y se está usando para rastrear a la gente. Se ha comprobado la falsedad de esos rumores, pero él sigue diciéndolos, y sus feligreses siguen creyéndolos. Así que, en nuestro deseo de ser eficaces en liberar al pueblo del racismo, debemos preguntarnos: ¿cómo podemos restaurar el criterio del cumplimiento veraz en Deuteronomio para determinar la autoridad de las voces que dicen hablar por Dios?

Luego, la carta de Pablo a los Corintios señala otras inquietudes, al proponer la autoridad de Dios en un mundo caracterizado por el aislamiento, la coerción y la desesperación, en el que cada uno está en contra de los demás. Pablo habla de un conocimiento equivocado que dice que lo más importante es tener razón. Los corintios estaban lidiando con un clásico enfrentamiento entre liberales y conservadores. Habían creado un callejón sin salida sobre la comida sacrificada a los ídolos porque cada partido pensaba que el otro grupo estaba equivocado. Cada vez que pensamos que tenemos toda la razón, revelamos que nuestro conocimiento no es de Dios. El conocimiento de Dios tiene más que ver con ser conocido que con saber. Si nos sometemos a la autoridad de Dios, y Dios ha puesto un gran en la vida de nuestra hermana, hermano y vecino, tenemos que tomar a esa persona tan en serio como Dios la toma. El amor limita cómo Dios usa la autoridad. De igual manera el amor debe limitar nuestro uso de la libertad individual también. 

Pero es más complicado cuando se trata del racismo. ¿Cómo aplicamos el criterio del amor al grupo más débil cuando la libertad de un grupo termina oprimiendo más al grupo que siempre ha sido excluido? Por ejemplo, cuando hablan del derecho de llevar armas de fuego declarado en la segunda enmienda de la constitución, no mencionan la diferente manera en que se ha aplicado a blancos y negros. En los primeros años de este país, los terratenientes podían llevar armas de fuego, y otorgaban ese derecho a los blancos pobres para protegerse contra los negros e indios. Pero cuando los afroamericanos empezaron a portar armas en público, de repente la segunda enmienda no se aplicaba. Fíjense cómo reportan los tiroteo masivos. Cuando el tirador es blanco, hablan de la enfermedad mental. Cuando el tirador es negro o hispano, hablan de terrorismo o las pandillas. ¿Cómo esperamos encontrar reconciliación con la gente blanca que aman sus armas cuando la gente de color sufre cuando los blancos ejercen sus presuntos derechos con más privilegio? 

    El pasaje del evangelio también plantea inquietudes sorprendentes sobre cómo abordar el racismo. Ya dijimos que Marcos presenta el exorcismo de Jesús como una confrontación simbólica con el sistema. Los Evangelios no son sólo historias acerca de Jesús. Son libros construidos con un mensaje deseado. Para Marcos, el demonio del hombre simbolizaba el malestar de la nación; y el exorcismo era una metáfora de la misión de Jesús. Jesús estaba atacando la religión opresiva de su entorno, que era el mismo espíritu de todas las religiones que se vuelven opresivos. Y los líderes religiosos eran víctimas de su propio sistema. El espíritu de su religión había sido invisible hasta que Jesús llegó. Así se hacían las cosas; nadie lo cuestionó. Algunos se beneficiaron del sistema; otros sufrieron. Nadie veía eso. Pero la presencia de Jesús lo reveló al precipitar las convulsiones demoníacas.

También, la manera en que Marcos contó la historia reveló que no por su propio bien que Jesús quiso que la gente lo siguiera; él estaba formando un movimiento. Para Marcos, seguir a Jesús se trata de participar en el movimiento que Jesús está anunciando. Cuando Jesús le dijo al demonio que se callara, quería dar a la gente la oportunidad no solo a maravillarse de Jesús como la encarnación del reinado de Dios, sino a participar en él ellos mismos. Es importante tomar eso en cuenta ahora que los seguidores de Trump se han dividido en dos bandas: los que se han desilusionado de un líder que siempre llamaba la atención a sí mismo, pero carecía de la convicción de iniciar un movimiento; y los que se aprovechan de Trump para crear su propio movimiento en torno a sus propias convicciones, como, por ejemplo, la supremacía blanca. 

Los líderes religiosos lucharon contra Jesús con los mismos símbolos que usó Jesús. Cuando él regresó a Cafarnaúm, contraatacaron, acusando a Jesús de expulsar demonios por Belcebú – el demonio principal. Tenían que demostrar que el mensaje de Jesús era más peligroso que la religión de ellos. Por eso trataron de socavar su autoridad. Querían distanciarse de Jesús de una manera que no los hiciera parecer de espíritu mezquino. Eso es lo que siempre hacen las personas en el poder cuando se cuestiona su autoridad. El gobierno de El Salvador llamó comunista a Monseñor Romero cuando el verdadero demonio era la opresión. Los Republicanos llaman socialistas a los Demócratas, y los Demócratas llaman fascistas a los Republicanos cuando el verdadero demonio es la supremacía blanca. No importa si se trata de que los escribas identifican a Jesús con Belcebú, o el gobierno de El Salvador llama comunista a Monseñor Romero, o los partidos políticos llaman al otro partido socialista o fascista, los que están en poder siempre cambian el tema para distraer la atención de los que critican la opresión. Pero nunca dura. La verdad siempre emerge eventualmente.

Jesús no logró borrar la religión falsa de su sociedad, y tal vez logremos eliminar el racismo de la nuestra. Los demonios prefieren trabajar en la oscuridad, en la inconsciencia. El racismo ha funcionado así, y por eso sabemos que es uno de nuestros demonios. Lo que Jesús logró al convertir al demonio en un símbolo fue hacer visible al demonio de la opresión religiosa, para que el pueblo al menos pudiera descubrir a qué sabe la verdad. Podemos agradecer a Donald Trump por hacer lo mismo. Y, ahora que se ha hecho visible, debemos atacar al demonio del racismo para traer la liberación. Pero debemos hacerlo para y con todo el país para tener éxito al largo plazo. Tomará más tiempo de lo que pensamos. Y debemos proceder haciéndonos las preguntas difíciles. ¿Cómo podemos restaurar suficiente autoridad a la voz de la verdad para que pueda expulsar el racismo demoníaco de nuestra sociedad? ¿Cómo podemos reconciliarnos con nuestro vecino blanco amante de las armas sin hacer sufrir a nuestro vecino negro debido a sus presuntos derechos? ¿Cómo podemos trabajar junto con la oposición para sanar el racismo, aun cuando lo hacen más difícil llamándonos nombres? No tengo respuestas a estas preguntas. Las preguntas revelan que el camino será largo y que no hay atajos. No sucederá todo a la vez. Ni siquiera Jesús logró eso. Pero debe suceder– caso por caso, comunidad por comunidad, estado por estado y nación por nación. ¿Cómo participarás tú?