¿Estás Dispuesto de Unirse al Juego?

07/05/20 Pentecostés cinco. Servicio de oración matutina

Posted by St. Athanasius Episcopal Church, Echo Park on Sunday, July 5, 2020

070520 Pentecostés 5 

Zacarías 9:9-12; Mateo 11:16-19, 25-30

 

La promesa de descanso que dio Jesús en el Evangelio llega a buena hora después de una semana sobrecargada de noticias difíciles. Casos de COVID 19 están llegando a grados aterradores en todo el país, mientras que el Presidente y Vicepresidente siguen echando porras en medio de la crisis. Una parte de la población se rebela contra el uso de máscaras y distanciamiento social, mientras que el equipo para el virus en la Casa Blanca da mensajes contradictorios. El último informe de desempleo mostró signos de mejora mientras que los estados y las empresas retroceden de la reapertura. Se ha vuelto tan malo que Europa ha puesto a Estados Unidos en la lista de países que no acepta. Seguimos viendo casos de policías matando negros, y más señales de represión de votantes. Y por si  se necesitaba una pequeña distracción de lo que está pasando dentro del país, nos enteramos que los rusos están pagando a los talibanes para matar a soldados americanos, y el presidente cree a los rusos en vez de su propio departamento de inteligencia.

Es en esa realidad que oímos la curiosa frase al final de la lectura de Zacarías: Regresen a su fortaleza, oh prisioneros de esperanza; hoy declaro que voy a restaurarles el doble. Somos prisioneros de esperanza. No importa cuánto se rebele Israel, Dios los va a salvar. Al escuchar esas palabras hoy, nos llaman a creer lo mismo: Dios nunca nos rechazará para siempre y siempre será victorioso al final. No importa dónde decidimos poner nuestra esperanza en vez de en Dios, siempre estaremos decepcionados. Dios es el único en el que podemos esperar ser salvos. Así que, guste o no, somos prisioneros de esperanza.

Incluso los que creemos esto en nuestras cabezas luchamos por seguirlo. La palabra que he oído más en esta semana es confusión. Lo oigo en las noticias, del personal médico, de los trabajadores que han sido despedidos – ¡una vez más! – y de algunos de ustedes. Están confundidos sobre en quién confiar – Juan tiene un demonio y Jesús es un glotón – y creen que por eso ellos no pueden ser la solución. También hay confusión sobre qué hacer: ¿deben seguir abiertos los negocios y deben volver a cerrarse? 

A veces estamos confundidos porque estamos viendo todo como blanco o negro, esto o aquello. Estamos programados para pensar así; por eso vamos allí automáticamente. ¿Es Juan y Jesús o las autoridades, es fe o ciencia, es política o medicina, economía o salud? Se llama dualismo. Tal vez el dualismo es una de las razones por las que estamos confundidos. Si no podemos hacer un camino a través de los extremos, siempre vamos a estar confundidos. Y no ayuda a nadie cuando estamos confundidos. Nos lleva a la inacción porque nos deja indecisos. Jesús nos llama a dejar esa forma de pensar. 

¿Es eso lo que estaba sucediendo en la época de Jesús? La gente no respondía ni al mensaje de Juan ni de Jesús. No hacían nada. Jesús dice que eran como niños jugando en el mercado que no seguían las reglas. Tocamos la flauta, y no bailaron; nos lamentamos, y no lloraron. Los niños imitaban a sus padres. Sus padres hacían el baile redondo en las bodas, acompañados de flautas. Sus madres eran los dolientes oficiales en los funerales. Las reglas del juego decían que si el líder toca la flauta, los demás deben bailar. Si el líder se lamenta, los otros también deben lamentar. Pero eso no es lo que pasó. Los chicos se negaron a jugar el juego funerario de las niñas, y las chicas se negaron a jugar el juego de bodas de los niños.   

Jesús les dijo a sus oyentes que se estaban comportando como esos niños. En cada ciudad donde Jesús había predicado, hecho milagros, sanado a la gente y librado de los demonios, la respuesta en el primer día fue “Ay ai ai”; en el segundo día fue, “¿viste eso?”, y en el tercer día, “¿Jesús quién?” Cosas increíbles sucedieron en medio de ellos, y después del gran primer impacto, regresaron a sus vidas normales. Se sentaron al margen, sin involucrarse, en lugar de tomar en serio a los mensajeros de Dios. Rechazaron a Juan porque se abstuvo de las relaciones sociales normales y de Jesús por comer con pecadores. 

Nuestra generación, como la de Jesús, es inconsistente y ensimismada, muchas veces guiada por apariencias, interesada en la última novedad, no comprometida con nada a largo plazo, y rara vez respondiendo a un mensaje tomando responsabilidad. En cambio, el modelo de religión y fe de Jesús, paciente y humilde, (11:29) no se queda con lo aparente, ni con el orgullo de la certeza, sino que señala las profundidades de los seres humanos: su necesidad de amor y de paz, de ser cuidado y escuchado, de aceptar su vulnerabilidad. El Evangelio nos invita a darnos cuenta de que esta pandemia, que ha traído cansancio, fatiga y cargas de enfermedad y muerte por trauma personal, familiar y social, es el escenario de nuestra responsabilidad como verdaderos discípulos de amor. Asumir el proyecto de Jesús es arrepentirnos de nuestra indiferencia y convertirnos al cuidado de los más pequeños: los humildes, los pobres, los que están fatigados, los hambrientos y sobrecargados.

Una razón por la que tengo esperanza en este momento es porque veo algo de esa dinámica sucediendo ahora. En previas ocasiones cuando una persona negra fue asesinada injustamente por un policía blanco, los negros se levantaron en cólera y protestaron por un tiempo; cuando nada cambió, regresaron a sus hogares a cuidarse y los demás volvimos a nuestras vidas como de costumbre. Era el tercer día y dijimos: ¿Jesús quién? ¿Vidas negras qué? Pero esta vez, las protestas siguen en curso por un segundo mes; e incluyen a personas de todas las edades, género, etnia y sexualidad. No es una garantía; pero es razón para esperar que tal vez Dios envió a estos profetas y está abriendo oídos para escucharlos. 

¿Cómo sabremos si esta vez va a ser diferente? Jesús dijo que la sabiduría es conocida por su fruto – es al actuar que se demuestra que entendemos. No se puede solo gritar los eslóganes de las marchas. Hay que vivirlos. Y cuando Jesús dijo: Vengan a mí los que están cansados, mostraba la solidaridad de Dios con nosotros. Pero a la vez nos invitaba a encarnar la solidaridad de Dios al estar solidarios unos con otros. Las palabras reconfortantes de Jesús no nos llaman a retirarnos de lo que está pasando para disfrutar el descanso que ofrece. Nos llaman a responder con compasión y reconocimiento por los más pequeños. Algunos de ustedes están incluidos en ese grupo. La sorpresa para muchos es que son los pequeños que lo comprenden. Y son los que más necesitan compasión y descanso. Son los que han estado trabajando, arriesgando sus vidas durante la pandemia para que los demás tengan lo que necesitan. Pero las palabras de Jesús también nos llaman a resistir las palabras y acciones de los poderosos que no comprenden, y que oprimen a los que necesitan descanso. En otras palabras, Jesús nos llama a estar al lado correcto de la historia y a permanecer allí. ¿Dónde te encuentras tú?