Fe más allá del resentimiento

022419 Epifanía 7c

Génesis 45: 3-11, 15; Lucas 6: 27-38

Siempre es difícil predicar sobre una historia bíblica que evoca emociones fuertes y contradictorias. La historia de José evoca una variedad de emociones: por un lado, el resentimiento y la ira; pero también asombro, sospecha, inspiración y motivación. La lectura de hoy es solo un pequeño fragmento de la vida de José. La historia comenzó muchos capítulos atrás mostrando a José como un joven chismoso y fanfarrón, quien fue tratado con favoritismo por su padre, Jacob. Sus hermanos lo odiaban por esas razones, y por eso lo vendieron a la esclavitud. La mayoría de nosotros podemos identificarnos con su ira. Puede ser que tenemos un hermano que era el niño favorito, o se creía mucho. Nos encanta cuando esos reciben las consecuencias de su arrogancia; a veces estamos dispuestos a ayudar a que llegan.

Pero a lo largo de la historia de José nos sentimos inspirados por la falta de resentimiento que demostró hacia sus hermanos en el pasaje hoy. Incluso antes de que aparecieran en la puerta de su casa, José pensaba en sus hermanos muchas veces. Un autor (James Alison, un teólogo católico gay), imagina la historia de José como un modelo de cómo grupos que han sido excluidos-mujeres, grupos raciales, homosexuales – podrían acercarse a las instituciones que los han lastimado para lograr la reconciliación. Jose se pregunta:

¿Cómo voy a permitir que mis hermanos compartan toda la abundancia que se me ha dado? Probablemente piensan que estoy muerto; es lo que querían. Están muy lejos; si lograran pasar por el desierto desde Canaán a Egipto, probablemente estarían todavía tan celosos y fratricidas como siempre; por lo tanto me tendrían miedo. Pensarían que yo estaría planeando una venganza y, por lo tanto, no se abrirían lo suficiente como para recibir todas las cosas que quiero darles. Decirles que nos equivocamos sería quedarnos en el pasado. No decirles nada sería tratarlos como incorregibles y privarlos de la alegría de romper el corazón, lo único que nos permitirá convertirnos en verdaderos hermanos. ¿Qué diablos voy a decir? Esta complejidad en la historia de José es precisamente lo que ofrece dirección para todos los que tienen que elegir entre la sanidad y el resentimiento.

Pero se vuelve aún más complejo. Una parte de nosotros se pone sospechosa de cuán sincero era José al no acusar a sus hermanos. No estamos seguros de que José sea un modelo de misericordia y un modelo de cómo abordar la reconciliación. José tenía todo el poder en el encuentro con sus hermanos. En lugar de reconciliación, José se acercó a sus hermanos con manipulación. Los acusa de espiar y los deja en la cárcel por tres días; esconde el dinero que pagaron por el grano en sus sacos; mete su propia copa de plata en el saco de Benjamin, para acusarle de robo. ¿Realmente queremos actuar así? En el pasaje de hoy llegamos al clímax de la historia. Todo lo que nosotros los lectores sabemos, pero los hermanos de José no saben, se revela en este momento a sus hermanos. Muchas veces a lo largo de los años, José se había apartado para llorar en privado; pero esos sentimientos profundos no le impedían manipularles.

Esta visión compleja de José lo hace más real, y nos invita a ser más honestos acerca de cómo responder a la historia. La historia está incluida en el Libro de Génesis porque explica cómo Israel llegó a Egipto desde Canaán, y luego a la esclavitud. El acto malvado de los hermanos era parte del plan de Dios para que la familia de Abraham y Sara pudieran ser salvadas. Pero una interpretación demasiado simple de la historia distorsiona la pregunta de si Dios causa que sucedan cosas malas para que pueden surjan cosas buenas. Todos hemos escuchado predicadores que han interpretado un desastre o un acto de violencia como el castigo de Dios sobre un pueblo pecador. Los predicadores atribuyeron culpa en la epidemia de SIDA, en los ataques del 9/11, y en el huracán Katrina a grupos particulares de personas que consideraban pecadores. Todas estas interpretaciones peligrosas resultan de una lectura demasiado simple de historias bíblicas.

Interpretar las historias así puede desviarnos a nivel personal también. Los seres humanos tratamos de encontrar sentido en los acontecimientos del mundo. Sabemos que suceden cosas malas y odiosas. ¿Pero en qué nos enfocamos? José se enfocó en el bien que venía del acto malvado de sus hermanos, en lugar de permanecer enojado por el acto en sí. ¿Es una buena manera de ver la obra de Dios en nuestras vidas? Puede ser. Pero los psicoterapeutas saben que, si bien ver lo bueno en una situación mala puede ser bueno para una persona, cuando la persona solo ve el bien en momentos malos, puede causar más daño. A menudo vemos esto en situaciones de abuso. No ayuda hacer de Dios una excusa para evitar decisiones difíciles en la vida, como dejar a un esposo abusivo. Siempre debemos estar atentos a lo que se requiere cada momento. Dios no puede ser manipulado a nuestra forma de pensar.

Entonces, ¿qué podemos aprender de una historia como la de José? Una cosa que aprendemos es que no tenemos que ser perfectos para ser usados ​​por Dios. Exigir la perfección, de nosotros mismos o de los demás, es negar los dones de Dios. José conocía su don. No estaba siendo presumido cuando le dijo a sus hermanos que iba a lograr grandes cosas. Puede haber sido psicológicamente ingenuo compartir su sueño tan animadamente con ellos; pero él estaba viviendo su verdad. Negar sus sueños para llevarse bien con sus hermanos hubiera sido poner su ego por delante de su verdadero ser. Esos sueños de grandeza resultaron ser verdaderos. Pero para ese entonces, él había sufrido y había sido testigo de sufrimiento. Cuando sus hermanos se le acercaron, él sintió amor y compasión genuinos por ellos, y vio la verdad más amplio de haber sido vendido a la esclavitud.

Si podemos dejar de lado el perfeccionismo, hay una guía importante en esta historia de cómo tratar el resentimiento. Nadie nace enojado, resentido o malvado. Pero nuestros corazones y mentes pueden llenarse fácilmente con emociones e intenciones negativas fuertes y persistentes cuando hemos sido víctimas. Cuando el resentimiento siembra en nosotros el deseo de vengarnos, nos alejamos de la humanidad con la que estamos dotados al nacer. Una persona lo expresó así: “El resentimiento es como beber veneno y esperar que mate a tus enemigos”. Si vamos a soltar la ira y la amargura, debemos darnos cuenta de que el resentimiento socava la humanidad: su integridad y capacidad de compasión. También destruye nuestra tranquilidad y bienestar. José mostró la capacidad de transformar el impulso de venganza en una búsqueda de algo más grande; ampliando su perspectiva para abarcar un sentido del otro.

     El desafío de abarcar ese sentido del otro significa, ante todo, sacar a nuestro ego del centro de nuestra vida diaria. Es nuestro ego que se lastima cuando alguien despierta nuestro resentimiento. Nuestro verdadero yo no puede ser herido cuando otra gente nos critica. Quienes somos no está determinado por cómo los demás nos reaccionan. Pero cuando el ego está en el centro del escenario, somos vulnerables a sus opiniones porque no estamos viviendo en nuestra verdad. Es imposible vivir la verdad cuando el ego está en el centro porque el ego no es el centro del universo. Entonces, cuando lo ponemos allí, estamos viviendo fuera de sincronía con la verdad del universo. Cuando el ego responde a lo que otra persona nos dice o hace, estamos respondiendo desde un lugar de falsedad. Ya sea que la persona nos elogie o nos critique, no podemos discernir la verdad porque el ego está obstruyendo el camino. Por supuesto, nadie vive el 100% del tiempo sin tener el ego en el centro. Pero podemos practicar notar cuando el ego está en el centro, y crear la intención de despertar nuestro verdadero ser.

A medida que seguimos practicando despertarnos a esos momentos, aumentamos la capacidad de dejar de lado el ego y despertar al verdadero ser. Es posible encontrarnos capaces de dar un paso atrás y ver el panorama amplio como hizo José. Incluso podemos avanzar hacia el perdón, o al menos inclinar el balance en la dirección de descubrir una nueva forma de operar en el mundo. El resentimiento aprieta fuerte. El perdón nos permite aflojar ese agarre generando espacio y creando capacidad para dudar, modificar y pensar de nuevo.

Amigos, yo estoy trabajando en esta práctica de mover mi ego a un lado y despertarme al verdadero ser para dejar de impedir el movimiento del Espíritu. Los invito a acompañarme en esta práctica.