Llevando la Resurrección a la Calle

 Pentecostés 

Hechos 2:1-11

 

Hoy, si no se han dado cuenta con todo el rojo, estamos celebrando Pentecostés. La palabra Pentecostés significa 50. Para los judíos el festival de Pentecostés llega 50 días después de la Pascua. Para los cristianos, el Día de Pentecostés llega 50 días después de la Resurrección. Pero para entender lo que pasó el Dia de Pentecostés y el Evangelio de hoy tenemos que volver antes de la Pascua. Antes de Pentecostés; antes de la Ascensión; antes de la Resurrección; antes del entierro, desde la cruz, Jesús clamó a gran voz: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Habiendo dicho esto suspiró su último respiro.” Después de la resurrección, apareció a sus discípulos, sopló sobre ellos y dijo: Reciban el Espíritu Santo. ¿Qué pasó con ese aliento?

Los científicos dicen que la atmósfera alrededor de nuestro planeta está envuelto en un velo de protección que separa el aire que respiramos del frío vacío del espacio exterior. También dicen que ese aire – el único aire que ha existido – es el mismo aire que sigue recirculándose. Una sacerdota episcopal lleva esta observación a su conclusión lógica: “cada vez que tomamos aire, estamos respirando polvo de estrellas que ha existido desde la creación de la tierra. Respiramos aire brontosauro y el aliento pterodáctilo. Respiramos el aire que ha circulado a través de las selvas tropicales de Costa Rica y el aire que se ha convertido en amarillo con azufre sobre la Ciudad de México. Respiramos el mismo aire que respiraba Platón, Mozart y Miguel Ángel, por no mencionar a Hitler y Pinochet. Cada vez que respiramos, recibimos el mismo aire que fue la primera respiración de algún bebé, o la última de alguna persona que muere.”

El viento que sacudió la casa aquel día de Pentecostés en Jerusalén fue el mismo aire que se movía sobre las aguas de la creación; el mismo aire que Jesús exhaló cuando dio el último soplo antes de morir en la cruz; y el mismo aire que llenó los pulmones desinflados de Jesús en la tumba. Ese aliento creció en fuerza y volumen hasta que se convirtió en un viento poderoso que Dios envió a un aposento alto en Jerusalén el día de Pentecostés. El aire salió de las personas reunidas allí, en idiomas que ni siquiera sabían. Cuando personas de todo el mundo asomaron la cabeza para ver qué estaba pasando, la energía empujó a los discípulos a las calles. Allí, la multitud y los discípulos se mezclaron, llenos de este aliento de Jesús que se había convertido en un viento poderoso.

De repente un tal Pedro, que unas semanas antes ni podía admitir que conocía a Jesús a una joven sentada por una fogata, se puso de pie para explicar lo que estaba sucediendo.Hablaba como el mismo Jesús cuando predicaba. ¿Y por qué no? Él había aspirado el mismo aliento de Jesús y había sido transformado por él. Cuando inhaló en Pentecostés el aire que Jesús había exhalado en la cruz, él había estado esperando y orando por algo. Y sea lo que sea, toda esa energía no se pudo contener en la casa donde Pedro estaba reunido con los otros discípulos. Fueron expulsados a la calle por el mismo poder que había liberado a Jesús de la tumba. Pedro no sabía qué era, pero era muy poderoso. Pedro lo reconoció como el poder de Jesús, ahora disponible para todo el pueblo de Dios.

¿Fue un milagro de escuchar – cada uno escuchó su propio idioma? O, ¿fue un milagro de comprensión: reunir a la comunidad internacional en torno a la fe en Jesús por primera vez? O quizás fue un milagro de proclamación: aquellos que no habían encontrado su lengua para hablar de las obras poderosas de Dios ahora podían predicar. Tal vez fue todo eso. Pero para los discípulos el milagro fue que las personas tímidas se habían vuelto audaces; las personas asustadas se habían vuelto valientes; y las personas perdidas habían encontrado sentido. Cuando abrieron la boca para hablar, sonaban como Jesús. Cuando pusieron sus manos sobre los enfermos, fue como si el mismo Jesús los hubiera tocado, todo porque habían tragado el aliento de Dios.

A menudo escucho a personas en la iglesia decir que no tiene dones para el ministerio. “No tengo ningún don que se pueda usar”. “Soy demasiado tímido para hablar sobre mi fe.” “No soy suficientemente convertido para que Dios me use.” ¿Reconoce alguno de esas líneas? ¿Has dicho alguno de ellos? Si crees alguna de esas líneas, quizás necesites un milagro de Pentecostés. Necesitas comenzar a orar y esperar expectante. El Espíritu no forza su camino hacia nuestras vidas. Pero si queremos el poder de la resurrección, tenemos que empezar a pedirlo y esperar. Si lo haces, el Espíritu te catapultará fuera de tu zona de comodidad, te colocará justo en el medio de la calle, te desabrochará los labios y hará que tu lengua comience a moverse.

¿Creemos en un Dios que todavía atraviesa puertas cerradas y alumbra cabezas con fuego? ¿en un Espíritu que todavía se presta para darnos el poder de cambiar el mundo? O, ¿ya solo creemos en un dios viejito y cansado, a quien podemos llevar nuestras oraciones, pero no esperar que cambie nuestras vidas, y mucho menos usarnos para cambiar el mundo? Lo que creemos determina lo que esperamos, y lo que esperamos influye lo que recibimos. ¿Qué crees tú? Piénsalo.

¿Estás dispuesto de ser un canal para el soplo de Dios? Para ser ese canal, solo tienes que ponerte en el camino del viento. Cuando el Espíritu viene con poder y con fuego, solo podemos evitar su impacto si inventamos alguna explicación ridícula, como “son ebrios con vino.” Pero hay una lógica más alta, y es a lo que Pedro se refería cuando dijo que era el cumplimiento de una profecía de Joel: “derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad; sus hijos e hijas comunicarán mensajes proféticos, los jóvenes tendrán visiones, y los viejos tendrán sueños, y mis siervos y siervas comunicarán mensajes proféticos.”

Si aceptamos esa lógica más alta, vamos a decir “sí” al llamado de Dios. Pedro ya había dicho “sí” a Dios y nunca se hubiera imaginado lo que pasó. ¿Te acuerdas de algún momento cuando dijiste a Dios? Yo, sí. Fui guiado a hacer cosas que yo nunca me hubiera imaginado. No siempre estaban bajo mi control, pero poco a poco yo llegué a aceptar perder el control.

A veces necesitamos más que un solo Pentecostés. En el Libro de Hechos la iglesia experimentó cuatro. En el capítulo 2 sucedió el primero en Jerusalén. En capítulo 8 hubo un Pentecostés en Samaria. En capítulo 10 pasó en Cesarea. En capítulo 19 sucedió en Éfeso. La iglesia tenía que experimentar la llegada del Espíritu vez tras vez al ir expandiéndose. Lo mismo se necesita hoy. ¿Te cuesta creer que Dios te puede usar? ¿Qué el Espíritu de Dios pueda soplar en ti y en esta iglesia, y acompañarnos con el poder de la resurrección a las calles de esta ciudad? Pídele un Pentecostés.

Por alguna razón, Dios ha decidido no guardar todo el poder en el cielo. Dios no salvará a nuestro hermoso planeta y a todas las criaturas sin nuestra cooperación. Gusta o no, así es. Desde Pentecostés, Dios ha estado despertando a personas como nosotros: los torpes y los brillantes, los débiles y los sabios, los tímidos y los talentosos, para llevar el poder de la resurrección a las calles. El movimiento que las autoridades creyeron poder detener al matar al líder y sellar la tumba, ha avanzado a lo largo de la historia, aunque sean 3 pasos adelante, 2 pasos atrás, giros perdidos y giros incorrectos. La salvación se ha mantenido viva en el planeta tierra.

El mensaje de Pentecostés es que el Espíritu Santo cambia la historia – la nuestra y la del mundo entero. Unos años después de Pentecostés, algunas personas en una ciudad del Imperio Romano advirtieron a sus conciudadanos, “Estos hombres, que han trastornado el mundo entero, también han venido acá.” Antes de Pentecostés, “estos hombres” y las mujeres que les acompañaban, eran personas tímidas, asustadas, perdidas, que ni soñaban tener un impacto en el mundo más allá de sus familias. Y ahora tenían miedo de que esa banda de gente sin educación, sin riqueza, sin estatura en el Imperio, iba a trastornar la ciudad que ese grupo había tratado de controlar por tanto tiempo.

Pentecostés se trata de dejar nuestros lugares seguros para entrar en el movimiento del Espíritu, que nunca es seguro, pero siempre es bueno. Si la timidez te impide ejercer tus dones del Espíritu en el ministerio, date el paso. Deja que el Espíritu te deje pasmado. Sí, se requiere fe. Pero simplemente da un pequeño paso y Dios suministrará el resto de la fe que necesitas. Existen mil maneras de decir “sí” – mil maneras en que Dios te puede usar. Oremos para que Dios nos ilumine para reconocer esas maneras, esos talentos.