Uno

Sermón 6/2/19 Uno

Posted by St. Athanasius at the Cathedral Center on Sunday, June 2, 2019

060219 Pascua 7c 

Juan 17: 20-26

 

Pablo y Silas caminaban por la calle cuando una jovencita comenzó a gritar: “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo. Ellos les proclaman un camino de salvación”. Lo mismo sucedió al día siguiente; y al día siguiente. Finalmente, Pablo tuvo suficiente: le dijo al espíritu que estaba en ella: “Te ordeno que, en el nombre de Jesucristo, salgas de ella”. ¿Por qué estaba tan molesto Pablo? ¿No estaba ella diciendo la verdad? ¿No es exactamente quienes eran? Y, ¿no les estaba dando publicidad gratuita? Sus vidas enteras estaban dedicadas a ofrecer salvación. Entonces, ¿cuál es el problema?

Pablo supo por su propia experiencia que había dos tipos de religión: religión de la cabeza, y religión del corazón. La religión de la cabeza se trata de doctrinas y creencias; la religión del corazón se trata de relaciones y acciones. Pablo había pasado la mayor parte de su vida actuando en base de la religión de cabeza. Sus creencias le llevaron a perseguir a los seguidores de Jesús. Luego tuvo un encuentro con el Cristo resucitado, y llegó a conocer la religión del corazón. La joven que gritaba la verdad sobre él estaba promoviendo la religión de cabeza; y aunque las palabras fueron ciertas, el impacto se dirigió a un camino falso. Paul expuso el hecho de que las palabras provenían de un espíritu esclavizante dentro de ella, que había robado su persona y la había convertido en un objeto atado a sus dueños – una esclavitud externa.

Cuando sus dueños se dieron cuenta de que Pablo había quitado el poder para hacer dinero de su objeto, crearon un motín que provocó que Pablo y Silas fueran encarcelados. Pero incluso allí, Pablo demostró que estaba viviendo una religión de corazón, al cantar unos himnos en la cárcel. Luego, después del terremoto, Pablo reveló una vez más que era una persona libre y no un objeto de nadie, al permanecer en la cárcel cuando las puertas se abrieron y las cadenas se desataron; Incluso convenció a los otros prisioneros de quedarse. Esa religión del corazón era tan atractiva al carcelero que supo inmediatamente que la quería, y pidió ser bautizado.

Cuando nos dirigimos al Evangelio de Juan, oímos que la última noche que Jesús pasó con sus discípulos, les habló de lo que estaba sucediendo y de lo que necesitaban para continuar en su ausencia. En su discurso de despedida, Jesús prometió a sus seguidores el don del Espíritu, una presencia íntima para sostenerlos después de su partida. La lectura de hoy son las últimas palabras de una oración al final del discurso. Jesús ora para que sean uno, y para que su unidad esté arraigada en la unidad de la trinidad. El resultado de esa unidad es que sus relaciones resonarán con toda la creación como nada más. El mundo conocerá cómo funciona el universo; no será un saber de cabeza sino un conocer de corazón.

Jesús, al igual que Pablo, está tratando de lograr que los que han estado inmersos en la religión de cabeza experimenten una religión del corazón, arraigada y centrada en las relaciones. Jesús sabía que sus seguidores iban a lamentar su muerte y que no sabrían cómo seguir sin él. Ofreció al espíritu santo como el compañero íntimo que los capacitaría para seguir adelante sin la presencia física de Jesús.

El viernes tuve una conversación con mi hijo. Estuvimos hablando de la iglesia donde trabajé por 15 años antes de venir a San Atanasio. Él creció en esa iglesia desde los 4 años. Comentó que muchos de los programas que comencé cuando era el pastor ya no funcionaban. Luego dijo: “Lo que sí ha permanecido es la comunidad – las relaciones y las amistades forjadas a través de todas las acciones que tomamos juntos. Todavía soy amigo de esa gente”. Eso es cierto, y refleja la esencia de la oración de Jesús. Los programas de la iglesia no son eternos. El personal no es eterno. Las relaciones sí son, porque están arraigadas en el núcleo mismo del universo, que los cristianos llamamos la trinidad.

Un Hindú llamado Raimon Panikkar ve a la Trinidad no como una idea únicamente cristiana sino como la estructura misma de la realidad, un mandala dinámico que ilumina el “dinamismo de lo real”. El hecho de que un Hindú explicara la trinidad me sirvió para entender la oración de Jesús sobre la unidad. Según ese Hindú, Jesús describió la realidad última, no solo una realidad cristiana. Describe el mundo, Dios y los seres humanos como tres planos distintos de existencia que circulan continuamente entre sí en un solo movimiento de amor que se comunica entre sí. Lo que Jesús está diciendo en esta oración es que lo que uno hace a su prójimo es lo que uno hace a sí mismo; cómo te amas a ti mismo es cómo amas a tu prójimo, cómo amas a Dios es cómo te amas a ti mismo; y cómo te amas a ti mismo es cómo amas a Dios. Cómo haces cualquier cosa es cómo haces todo.

     En la trinidad, más importante que las cualidades de cada miembro de la trinidad es el flujo entre ellos. Dios es un verbo más que un sustantivo, un flujo más que una sustancia, una experiencia más que un dios sentado en su trono. Nosotros vivimos dentro de ese flujo de amor, si no lo resistimos.

Según la oración de Jesús, lo que es tan atractivo para el mundo cuando vivimos la unidad es la armonía con la creación que Panikkar también vio como un hindú. La unidad cristiana no convierte al mundo en cristianos porque la gente ve que los cristianos se aman unos a otros. Mas bien testifica a un amor que revela la verdad de nuestra existencia como criaturas al nivel del corazón y de la experiencia. Todas las religiones tienen versiones de cabeza y versiones de corazón. Cuando permitimos que la verdad entre en nuestros corazones, la intimidad del amor derrumba todos los muros que construimos en el corazón; muros entre esto y aquello, ellos y nosotros, míos y tuyos. La religión del corazón conecta todo. Para los cristianos, Jesús es quien conecta todo. Ser santo es reconocer esa conexión entre todas las cosas; que nada está separado de ninguna otra cosa; todo es uno.

El peregrinaje de la Pascua culmina hoy con el séptimo domingo de Pascua. El Evangelio nos ha presentado a figura tras figura que ha hecho este movimiento desde ver las distinciones y la separación hasta reconocer la unidad de todas las cosas al nivel más profundo.

  • María Magdalena dejó de ver a Jesús como un jardinero para reconocerlo como Jesús cuando escuchó su nombre hablado con amor.
  • En el Camino a Emaús, dos hombres pensaron que estaban hablando con un extraño. Al partir el pan, pasaron de ver a un extraño a reconocer a Jesús.
  • Tomás no estaba dispuesto a reconocer a Jesús como el Cristo resucitado a menos que viera las marcas de los clavos y tocara el agujero donde la lanza atravesó su costado. Una vez que tocó las heridas, pasó de ver a reconocer.

 

Tenemos que pasar de vernos como individuos separados a reconocer el cuerpo de Cristo como una unidad. No sucede para todos de la misma manera. Para algunos sucede cuando se enamoran: dejan de ver a la otra persona que aman como separada. Para otros, al tocar el sufrimiento de otros como hizo Tomás, pasan de ver a los demás como separados para reconocer su unidad. Para muchos sucede al observar de cerca la creación: reconocen que el mismo amor nos creó a todos. Comoquiera que sucede, todos debemos reconocer que cada uno representa a los demás. Cuanto más nos conectamos, más resuenan nuestras vidas con la armonía de la creación. El pueblo de Dios necesita crecer en conectar con personas de otras religiones, otras razas, otras clases; con enemigos, con personas que sufren, personas con discapacidades, personas homosexuales; en fin, personas que no son como nosotros. Eso nos llevará a trabajar por la justicia para quienquiera que veamos sufrir o ser oprimido. Eso es lo que Pablo hizo en Filipos. Liberó a la niña con el espíritu de adivinación. Salvó al carcelero de la muerte asegurando que los prisioneros no escaparan. Se enfrentó a las autoridades por haberlo tratado en forma indigna para un ciudadano romano.

Les invito a que se unan a mí en cumplir la oración de Jesús al pasar de ver todo como separado al reconocer la unidad de todas las cosas, “para que el amor con el que tú (Dios) me has amado pueda estar en ellas y yo en ellas.”